Los síntomas conductuales y psicológicos de la demencia —como apatía, depresión, ansiedad, irritabilidad, agitación, agresividad o delirios— aparecen en más del 90% de las personas con demencia a lo largo de la enfermedad. A diferencia del deterioro cognitivo, suelen fluctuar y resultan de la interacción de factores biológicos, psicológicos, sociales y ambientales. Su presencia se asocia con mayor carga para los cuidadores, hospitalizaciones más prolongadas, institucionalización precoz y mayores costes sanitarios.

La evaluación debe ser amplia: conocer la información aportada por familiares y cuidadores, identificar desencadenantes ambientales y descartar enfermedades médicas, dolor, infecciones, trastornos metabólicos o efectos farmacológicos. Herramientas estructuradas como el enfoque DICE (Describir, Investigar, Crear y Evaluar) pueden ayudar a organizar este proceso.

Las intervenciones no farmacológicas constituyen el tratamiento de primera línea. Ejercicio, musicoterapia, masaje, aromaterapia y estrategias dirigidas a los cuidadores han demostrado reducir los síntomas y, en algunos casos, la sobrecarga familiar. Cuando estas medidas resultan insuficientes, pueden emplearse tratamientos farmacológicos. Los antipsicóticos ofrecen beneficio frente a la agitación, aunque requieren valorar cuidadosamente sus riesgos; brexpiprazol dispone de evidencia específica para la agitación asociada al Alzheimer. Antidepresivos, inhibidores de la colinesterasa, memantina y posiblemente cannabinoides pueden ser útiles en determinados pacientes.

En casos graves o resistentes también se contemplan técnicas como la estimulación cerebral no invasiva y la terapia electroconvulsiva, que ha mostrado tasas elevadas de respuesta. El principio fundamental sigue siendo individualizar el tratamiento, priorizando siempre la seguridad y la relación entre beneficio y riesgo. (Psychiatry Online)