Nuestra mente ha evolucionado para sobrevivir, no para pensar racionalmente  

Resumen del artículo publicado en The Conversation sobre la toma de decisiones: La mente humana no evolucionó para buscar la verdad de forma imparcial, sino para sobrevivir y desenvolverse en un entorno complejo. Por eso utiliza sesgos o atajos mentales que permiten tomar decisiones rápidas con información limitada. Aunque estos mecanismos resultan adaptativos, también generan sesgos previsibles, como buscar datos que confirman nuestras ideas, exagerar ciertos riesgos o mantener opiniones pese a las pruebas contrarias. 

Además, el razonamiento parece haber evolucionado principalmente como una herramienta social. Razonamos para convencer, justificar nuestras decisiones, defender nuestras posiciones y evaluar los argumentos ajenos. Esto explica por qué detectamos con facilidad los errores de otros, pero nos cuesta reconocer los propios. 

Las creencias también se forman mediante la aprobación y el rechazo social. Desde niños interiorizamos normas, valores y categorías culturales que, con el tiempo, dejan de sentirse como ideas aprendidas y pasan a parecernos verdades naturales. Por ello, cambiar de opinión resulta difícil: las creencias están vinculadas con la identidad, la pertenencia y los afectos, no solo con la información. 

El pensamiento crítico no es, por tanto, automático. La racionalidad es una conquista cultural colectiva, sostenida por la ciencia, el debate abierto, la revisión de errores y las instituciones que permiten cuestionar creencias sin quedar excluidos del grupo. 

Sobre la abstinencia a psicofármacos

Artículo de opinión sobre el síndrome de retirada de psicofármacos de Adele Framer, científica y defensora del paciente, que lleva 20 años estudiando los síndromes de abstinencia de psicofármacos.

Adele Framer sostiene que el futuro de los estudios sobre la retirada de psicofármacos no depende tanto de descubrir teorías nuevas como de aplicar conocimientos que ya están disponibles. Tras dos décadas recogiendo testimonios de pacientes, defiende que la reducción de dosis puede provocar síndromes de abstinencia agudos o prolongados, a menudo confundidos con una recaída del trastorno original. La cronología de los síntomas, especialmente cuando aparecen tras disminuir o suspender el fármaco, debería ser una pieza central del diagnóstico.

La autora critica la terminología confusa, los ensayos basados en interrupciones bruscas y las pautas habituales de reducir la dosis a la mitad, saltarse tomas o abandonar el tratamiento en pocas semanas. Estas prácticas alteran los niveles del medicamento y pueden desencadenar síntomas físicos, emocionales y autonómicos. Frente a ello, propone una retirada gradual, flexible e individualizada, con reducciones cada vez menores y periodos suficientes de estabilización.

Framer reconoce que faltan grandes estudios clínicos, pero considera injustificado esperar pruebas perfectas antes de actuar. La experiencia clínica, los casos acumulados y los principios farmacológicos ya permiten avanzar. La clave sería escuchar al paciente, ajustar el ritmo según su respuesta y reforzar su confianza. Con una colaboración estrecha y una actitud positiva, la retirada dejaría de ser una experiencia temida y conflictiva para convertirse en una práctica clínica ordinaria y segura. (psychiatrymargins.com)