El artículo plantea que buena parte de lo que denominamos depresión resistente al tratamiento (TRD) podría representar, en realidad, un tratamiento mal ajustado al paciente. La propia definición de resistencia es problemática: existen numerosas definiciones y una proporción importante de los aparentes no respondedores presenta pseudorresistencia, relacionada con dosis insuficientes, tratamientos demasiado breves, falta de adherencia, comorbilidades no reconocidas o variabilidad farmacocinética.

Frente a este enfoque, se propone el concepto de depresión difícil de tratar (DTD), que deja de contabilizar fracasos farmacológicos para preguntarse qué factores mantienen la enfermedad. El objetivo no es únicamente alcanzar la remisión sintomática, sino mejorar funcionamiento, cognición y calidad de vida, incorporando trauma, comorbilidades, circunstancias psicosociales y preferencias del paciente.

Un ejemplo es el posible fenotipo inflamatorio: alrededor de una cuarta parte de los pacientes presenta inflamación sistémica de bajo grado, asociada a anhedonia, enlentecimiento psicomotor, fatiga, dificultades cognitivas y peor respuesta a antidepresivos monoaminérgicos. La PCR ultrasensible puede ayudar a caracterizar este perfil, aunque actualmente no justifica por sí sola tratamientos antiinflamatorios.

Antes de considerar a un paciente “resistente”, el autor recomienda revisar dosis, duración y adherencia, reconsiderar diagnóstico y comorbilidades, explorar antecedentes traumáticos, valorar función y cognición e integrar precozmente psicoterapia, intervenciones psicosociales y apoyo familiar. Así, la pregunta deja de ser «¿qué fármaco utilizamos ahora?» para convertirse en «¿qué está haciendo que esta depresión sea difícil de tratar?». (Psychiatric Times)