La neurocirugía aplicada a los trastornos psiquiátricos arrastra todavía el estigma de la antigua “psicocirugía”, especialmente de la lobotomía frontal, una técnica imprecisa y destructiva que dejó profundas secuelas éticas y profesionales. Sin embargo, la neurocirugía funcional moderna es radicalmente diferente: utiliza técnicas estereotáxicas, resonancia magnética, estimulación cerebral profunda (ECP) y procedimientos ablativos mucho más precisos para modular circuitos cerebrales alterados.
En el síndrome de Gilles de la Tourette la estimulación cerebral profunda (ECP) ha mostrado resultados alentadores tanto en estudios observacionales como en ensayos aleatorizados. Los objetivos más comunes incluyen los núcleos talámicos y el globo pálido interno, con evidencia de reducciones sostenidas en la gravedad de los tics en pacientes seleccionados
La evidencia más sólida se encuentra en el trastorno obsesivo-compulsivo (TOC) grave y resistente, donde procedimientos como la capsulotomía, la cingulotomía o la ECP pueden conseguir mejorías clínicamente importantes. En la depresión resistente, los resultados son prometedores, aunque la evidencia sigue siendo menos robusta y los ensayos controlados han ofrecido resultados variables. Se explora el uso de ultrasonidos focalizados guiados por resonancia magnética que permite la ablación sin incisiones.
Pese a estos avances, las derivaciones siguen siendo sorprendentemente escasas. El recuerdo de la lobotomía, el desconocimiento de las técnicas actuales y la separación entre psiquiatría y neurocirugía contribuyen a ello. Los autores reclaman una colaboración multidisciplinar más estrecha, con selección rigurosa, supervisión ética y seguimiento prolongado. En determinados pacientes con enfermedad grave y refractaria, no considerar una valoración neuroquirúrgica puede significar también privarlos de una opción potencialmente transformadora. (Cambridge)

