Trevor Parker relata cómo logró ocultar durante seis años un grave trastorno de la conducta alimentaria, favorecido, en parte, por ser hombre. Su altura, complexión delgada y afición al deporte permitían explicar sus síntomas como algo aparentemente normal: si adelgazaba era por su constitución, si comía grandes cantidades sin ganar peso era por su metabolismo y si hacía ejercicio constantemente era porque era corredor. La anorexia y la bulimia pasaron así prácticamente inadvertidas entre familiares, amigos y compañeros.

El problema comenzó a los 23 años con dietas cetogénicas muy restrictivas y evolucionó hacia episodios de atracones, purgas y, finalmente, una anorexia grave que se prolongó durante más de cinco años. Aunque terminó sus estudios y mantuvo una vida aparentemente funcional, vivía agotado, aislado y convencido de que su salud acabaría deteriorándose gravemente.

El autor destaca que los trastornos alimentarios siguen asociándose culturalmente a las mujeres, lo que dificulta reconocerlos en los hombres. Su recuperación comenzó de forma inesperada, cuando decidió pedir ayuda y contar lo que estaba ocurriendo. Parker subraya que la recuperación no es lineal y exige afrontar la vulnerabilidad y romper el aislamiento. Ahora comparte públicamente su experiencia para recordar a otros hombres que la anorexia y la bulimia no discriminan por género y que pedir ayuda no supone debilidad.