Aunque el litio sigue siendo uno de los tratamientos más eficaces para el trastorno bipolar, su uso ha disminuido por el temor a que provoque enfermedad renal crónica. Sin embargo, los expertos recuerdan que las personas con trastorno bipolar presentan con frecuencia enfermedades metabólicas que también dañan el riñón. Algunos estudios incluso han encontrado un riesgo renal similar entre pacientes tratados con litio y con valproato.
Para reducir las complicaciones, se recomienda controlar al menos dos veces al año los niveles sanguíneos de litio y la creatinina. El riesgo renal aumenta con concentraciones más elevadas, por lo que suele buscarse un intervalo de 0,6 a 0,8 mmol/L, equilibrando eficacia y seguridad. La administración en una sola dosis diaria de liberación inmediata puede favorecer la recuperación renal entre tomas, aunque obliga a interpretar los análisis según la hora de la última dosis.
Cuando aparece deterioro renal, los inhibidores del cotransportador de sodio-glucosa 2 (SGLT2), como empagliflozina, la dapagliflozina y la canagliflozina podrían ofrecer protección. Estudios observacionales los relacionan con una mejor evolución del filtrado glomerular, menor necesidad de diálisis o trasplante y menor mortalidad. No obstante, pueden reducir los niveles de litio entre un 15% y un 20%, por lo que requieren vigilancia.
Los agonistas de GLP-1 también parecen prometedores, pero pueden aumentar el riesgo de toxicidad por litio y exigir reducciones importantes de la dosis. En conjunto, el mensaje es no abandonar automáticamente el litio, sino utilizarlo con seguimiento renal y farmacológico estrecho. (Psychiatry Online).

