José Manuel Vicente Pardo
Director de la Cátedra Internacional de Medicina Evaluadora, Pericial y Laboral. UCAM. José Manuel ha sido durante muchos años Médico Inspector de la Seguridad Social, y director del Equipo de Valoración de Incapacidades del INSS en San Sebastián
Resumen
La salud mental ocupa hoy un lugar central en el discurso sanitario, social y laboral. Este cambio ha contribuido a reducir el estigma y a favorecer el reconocimiento de trastornos que durante décadas permanecieron ocultos. Sin embargo, la progresiva expansión del lenguaje de la salud mental plantea también un riesgo menos visible: la psiquiatrización de la vida cotidiana y la medicalización de experiencias humanas que no constituyen necesariamente enfermedad.
La tristeza ante una pérdida, la preocupación ante la incertidumbre, la frustración, el cansancio, el estrés cotidiano o el sufrimiento ante determinadas circunstancias vitales pueden formar parte de respuestas adaptativas normales. El problema aparece cuando se confunden malestar, trastorno mental e incapacidad laboral. Esta confusión puede favorecer el sobrediagnóstico, el sobretratamiento y una progresiva individualización de problemas cuyo origen puede encontrarse también en factores sociales, familiares, económicos u organizativos.
El fenómeno adquiere especial relevancia en el ámbito laboral. En España, las situaciones de incapacidad temporal por trastornos mentales y del comportamiento han aumentado de forma muy importante en los últimos años. En 2024 se registraron 671.618 situaciones de incapacidad temporal por estos diagnósticos, un 136 % más que en 2016, y su duración media fue muy superior a la del conjunto de diagnósticos. Este incremento constituye una señal que debe ser analizada, pero no permite concluir por sí mismo que haya aumentado en igual proporción la enfermedad mental.
Este artículo propone una lectura biopsicosocial y laboral del fenómeno: sociedad poco saludable → formas de trabajo poco saludables → malestar → riesgo de medicalización → diagnóstico → incapacidad temporal, sin asumir que este itinerario explique todas las bajas por salud mental. La respuesta exige preservar la diferencia entre malestar, enfermedad y capacidad laboral, fortalecer la prevención de riesgos psicosociales, mejorar la atención psicológica y psiquiátrica cuando esté indicada y avanzar hacia una valoración integral de la persona, su capacidad y las exigencias reales del trabajo.
Palabras clave: salud mental; medicalización; psiquiatrización; sobrediagnóstico; incapacidad temporal; trabajo; riesgos psicosociales; capacidad laboral.
1. Introducción: cuando vivir empieza a parecer una enfermedad
Hablar de salud mental se ha convertido en una necesidad social. Probablemente nunca como ahora hemos hablado tanto de ansiedad, depresión, estrés, agotamiento, bienestar emocional o sufrimiento psicológico. Durante décadas, la enfermedad mental estuvo rodeada de silencio, estigma y ocultación. Muchas personas no hablaban de lo que les ocurría por miedo a ser etiquetadas, rechazadas o discriminadas. Que hoy puedan hacerlo con mayor libertad constituye un avance indudable.
Pero precisamente porque la salud mental ha adquirido tanta presencia social, sanitaria y laboral, conviene introducir una reflexión crítica.
Esta distinción es especialmente importante porque el concepto de salud mental se ha ampliado. Ya no se entiende únicamente como ausencia de trastorno mental, sino como una dimensión del bienestar, de la capacidad de afrontar las dificultades, de relacionarse, trabajar, aprender y participar en la sociedad. La propia Organización Mundial de la Salud subraya que la salud mental es mucho más que la ausencia de una enfermedad y que permite afrontar las tensiones de la vida, desarrollar capacidades y trabajar. Esta concepción amplia es necesaria.
El riesgo aparece cuando se produce una deducción equivocada: si la salud mental comprende una parte tan extensa de nuestra experiencia, cualquier déficit o dificultad puede acabar interpretándose como un trastorno mental.
Hablar más de salud mental no significa necesariamente comprender mejor dónde termina el malestar y dónde comienza la enfermedad.
Y no es así, porque la tristeza no es necesariamente depresión, la preocupación no es necesariamente un trastorno de ansiedad, el cansancio no es necesariamente burnout, la frustración no es necesariamente una enfermedad, el sufrimiento ante una pérdida no es necesariamente patología, ni el conflicto laboral tampoco es, por sí mismo, una enfermedad mental.
La vida humana contiene incertidumbre, frustración, pérdida, dolor y adaptación. Pretender eliminar por completo estas experiencias puede conducir paradójicamente a una menor tolerancia al malestar y a una mayor tendencia a interpretarlo en términos médicos.
Aquí se sitúa una de las grandes cuestiones de nuestro tiempo:
¿Estamos ante una sociedad con más enfermedad mental o ante una sociedad que ha ampliado progresivamente el territorio de lo que considera enfermedad?
La respuesta probablemente no sea una u otra. Pueden estar ocurriendo ambas cosas. Hay más reconocimiento de problemas que antes permanecían ocultos. Existen enfermedades reales y situaciones de sufrimiento grave que requieren tratamiento. Pero también existe el riesgo de convertir progresivamente experiencias normales de la vida en problemas sanitarios.
2. Una sociedad poco saludable
Antes de analizar la medicalización conviene preguntarnos por el contexto en el que se produce. Vivimos en una sociedad marcada por la velocidad. La sociedad de la prisa favorece las respuestas rápidas y las soluciones inmediatas. Se valora la capacidad de hacer muchas cosas a la vez, aunque ello implique perder profundidad, reflexión y capacidad crítica. Consumimos titulares en lugar de análisis. Acumulamos información sin procesarla. Vivimos con la sensación permanente de urgencia.
La inmediatez se ha convertido en una expectativa. Queremos respuestas rápidas para problemas complejos, resultados inmediatos, satisfacción inmediata y soluciones inmediatas. Esta cultura de la inmediatez, el “café instantáneo” para todo, también condiciona nuestra relación con la salud. Si algo duele, queremos saber inmediatamente qué es, si algo preocupa, queremos una explicación, si estamos tristes, queremos dejar de estarlo, si no dormimos, queremos una solución, si estamos cansados, buscamos un diagnóstico. Y si existe un diagnóstico, con frecuencia esperamos un tratamiento que produzca rápidamente el efecto deseado.
La medicina queda así sometida a una demanda que no siempre puede satisfacer: resolver rápidamente aquello que forma parte de la complejidad de vivir.
A esta cultura de la prisa se suma la hiperconexión digital. Estamos conectados desde que nos levantamos hasta que nos acostamos. El teléfono móvil se ha convertido en una prolongación de nuestra presencia social y laboral. Consumimos información de manera continua. Las relaciones personales se desarrollan parcialmente en espacios virtuales. Las redes sociales introducen además una comparación permanente con la vida aparentemente exitosa de los demás. Cultivamos la imagen. Buscamos reconocimiento. Mostramos una vida seleccionada. Y observamos vidas seleccionadas de otros. Vivimos una vida virtual a la que asignamos el valor de una vida de relación y de comunicación que no tiene traslación en lo real, aislados en el no contacto físico, en la no conversación, en el no conocimiento, en le no contraste ni debate.
Se produce así una paradoja: estamos hiperconectados, pero no necesariamente más conectados con nosotros mismos.
Vivimos rodeados de información y, sin embargo, con frecuencia carecemos de tiempo para convertir esa información en conocimiento. Es lo que Byung-Chul Han ha descrito, desde una perspectiva filosófica, como la expansión de un mundo dominado por la información, la hiperactividad y las «no cosas», en detrimento de la experiencia concreta y de la capacidad contemplativa.
No se trata de idealizar el pasado ni de demonizar la tecnología. La cuestión es otra: qué ocurre cuando la tecnología deja de ser una herramienta y se convierte en el entorno permanente en el que vivimos.
A esta transformación se añaden la incertidumbre económica, los cambios sociales, la inestabilidad geopolítica, la transformación tecnológica y la creciente exigencia de adaptación.
El resultado es una sociedad que exige mucho al individuo, en la que hay que estar siempre disponible, hay que adaptarse pase lo que pase, hay que producir, hay que rendir, hay que responder rápido y sin vacilación, hay que aprender de lo nuevo, hay que competir continuamente con los demás y con nosotros, hay que optimizar cada hora del día y para colmo hay que estar siempre bien, sumergidos en la tiranía del optimismo.
Y todo ello puede producir una forma de vivir poco saludable. No necesariamente porque la sociedad esté «enferma», sino porque determinadas formas contemporáneas de vivir pueden convertirse en condiciones generadoras de malestar.
3. Del malestar a la enfermedad: una frontera que debemos preservar
El sufrimiento forma parte de la vida. Esta afirmación, aparentemente sencilla, parece haber perdido parte de su espacio en una sociedad que aspira a eliminar cualquier experiencia desagradable, hay sufrimientos inevitables, es normal que una pérdida produzca tristeza, que un fracaso nos conduzca a la frustración, una incertidumbre nos cause preocupación, es normal que una ruptura nos genere dolor, que una enfermedad nos de miedo, que un cambio puede no haga estar inseguros, que una dificultad laboral nos produzca estrés, y finalmente entender que estas respuestas no son necesariamente patológicas. La capacidad para reaccionar ante circunstancias adversas constituye precisamente una parte de nuestra capacidad adaptativa. El problema aparece cuando la frontera entre respuesta adaptativa y trastorno se vuelve demasiado difusa.
La literatura científica ha señalado que el sobrediagnóstico en salud mental es un fenómeno complejo y que, en ocasiones, los conceptos utilizados para definirlo no distinguen adecuadamente entre sobrediagnóstico, error diagnóstico y ampliación de las definiciones de enfermedad. Una revisión de meta-investigación sobre sobrediagnóstico en salud mental encontró precisamente una importante heterogeneidad conceptual en la literatura. Esto obliga a ser prudentes. No podemos utilizar el término «sobrediagnóstico» para explicar automáticamente cualquier incremento de diagnósticos. Pero tampoco podemos ignorar que las categorías diagnósticas, la cultura sanitaria y las expectativas sociales influyen en la manera en que se interpreta el sufrimiento.
De ahí la importancia de distinguir tres niveles:
- Malestar.
- Trastorno mental.
- Incapacidad laboral.
Porque no son equivalentes, una persona puede sentirse mal sin estar enferma, una persona puede estar enferma sin estar incapacitada, y una persona puede estar temporalmente incapacitada cuando sus limitaciones funcionales interfieren con las exigencias de su trabajo.
Esta triple distinción debería ser esencial en cualquier debate sobre salud mental e incapacidad temporal.
4. Psiquiatrización de la vida cotidiana y medicalización de la normalidad
La medicalización describe un proceso por el cual problemas humanos, comportamientos, emociones o condiciones sociales pasan a ser definidos y gestionados como problemas médicos. En el ámbito de la salud mental, este fenómeno puede ampliar el territorio de la intervención sanitaria hasta experiencias que anteriormente se consideraban parte de la vida o de la esfera social.
La psiquiatrización constituye una expresión particular de este proceso cuando determinados comportamientos, emociones o problemas cotidianos pasan a interpretarse principalmente mediante categorías psiquiátricas. No significa que diagnosticar sea negativo. Diagnosticar correctamente es una de las herramientas fundamentales de la medicina.
El problema aparece cuando diagnosticar se convierte en la respuesta automática ante cualquier forma de sufrimiento.
Existe psiquiatrización cuando convertimos los riesgos o los síntomas en enfermedad sin una valoración suficiente de su contexto, intensidad, persistencia y repercusión funcional. Existe también cuando esperamos tratamiento médico para aquello que no necesariamente constituye enfermedad.
Y aquí aparece una cuestión cultural, y es que hemos desarrollado una especie de convicción colectiva de que el profesional sanitario debería tener respuesta para todo. La medicina se ha convertido, en cierta medida, en una respuesta social frente a problemas que no siempre son médicos, ante la tristeza pedimos tratamiento, ante la incertidumbre pedimos tratamiento, ante el insomnio ocasional pedimos tratamiento, ante la frustración pedimos tratamiento, ante el sufrimiento laboral pedimos tratamiento y, con frecuencia, esperamos que ese tratamiento sea rápido, la pastilla se convierte entonces en una especie de solución instantánea.
Pero la medicina no puede resolver mediante prescripción farmacológica aquello cuya causa principal se encuentra fuera del ámbito sanitario.
No podemos medicalizar el contexto cuando el contexto es el problema.
5. Sobrediagnóstico, sobretratamiento y puerta giratoria
La medicalización puede tener consecuencias individuales y colectivas. Una de ellas es la posibilidad de convertir a personas sanas en pacientes. Cuando una experiencia normal recibe una etiqueta diagnóstica, la persona puede comenzar a interpretar su propia historia desde la identidad de enfermo.
«Estoy pasando por una situación difícil» puede transformarse en «tengo una enfermedad». Esta diferencia puede parecer semántica, pero no lo es. La primera formulación conserva la posibilidad de cambio. La segunda puede favorecer una percepción de permanencia.
También puede aparecer la inercia terapéutica. Un tratamiento que inicialmente tenía sentido en una determinada circunstancia puede mantenerse mucho después de que dicha circunstancia haya desaparecido. Esto es especialmente relevante cuando la respuesta sanitaria se limita a controlar síntomas sin abordar suficientemente sus causas.
Y aquí existe un problema estructural. Una Atención Primaria sometida a elevada presión asistencial dispone de un tiempo limitado para atender problemas complejos. Si además los recursos de psicología y salud mental son insuficientes, el tratamiento farmacológico puede convertirse en la respuesta más accesible y rápida. No necesariamente porque sea la mejor respuesta. Sino porque es la respuesta que el sistema puede proporcionar con mayor facilidad.
La medicalización puede ser así el resultado no solo de una decisión individual, sino de una interacción entre demanda social, cultura sanitaria, disponibilidad de recursos y organización del sistema. La literatura sobre medicalización de la salud mental ha advertido precisamente de la posibilidad de que la interpretación exclusivamente biomédica individualice experiencias que tienen también determinantes sociales, desviando la atención de las condiciones que generan sufrimiento.
Por ello, la solución no consiste simplemente en decir a los médicos que «diagnostiquen menos». Necesitamos sistemas capaces de valorar mejor.
6. La paradoja de la prevención: cuando proteger puede convertir en paciente
La prevención constituye uno de los mayores logros de la medicina moderna. Pero prevenir no significa diagnosticar indiscriminadamente. La prevención debe actuar sobre los riesgos y reducir la probabilidad de enfermedad sin transformar a las personas sanas en pacientes. Existe una paradoja cuando el exceso de intervención sobre riesgos convierte la posibilidad de enfermar en una identidad de enfermedad.
En salud mental esto adquiere una importancia especial. La ansiedad ocasional puede formar parte de una respuesta normal. El estrés ante una situación extraordinaria puede ser adaptativo. La tristeza ante una pérdida puede ser esperable. La preocupación ante una incertidumbre puede ser razonable. El objetivo no debería ser eliminar cualquier emoción desagradable.
La salud mental no consiste en estar permanentemente feliz. Consiste también en disponer de recursos para afrontar la adversidad.
7. Banalización de la enfermedad mental
Existe, además, una segunda cara del problema, mientras se amplía el territorio de la patología, existe simultáneamente una cierta banalización de la propia enfermedad mental, las redes sociales y los medios de comunicación han permitido que millones de personas compartan públicamente sus experiencias, hablar de salud mental es positivo, normalizar la conversación sobre el sufrimiento psicológico también, pero una experiencia personal no constituye por sí misma un diagnóstico, sentirse ansioso no equivale necesariamente a padecer un trastorno de ansiedad, sentirse triste no equivale necesariamente a padecer depresión, tener dificultades para concentrarse no permite por sí solo establecer un diagnóstico.
El testimonio personal tiene valor como experiencia humana, pero no sustituye la valoración clínica. La divulgación debe ayudar a comprender mejor la enfermedad mental, no convertir cualquier experiencia emocional en una etiqueta diagnóstica.
Por eso debemos defender simultáneamente dos principios:
- hay que normalizar hablar de salud mental;
- hay que evitar normalizar la enfermedad mental como explicación de cualquier malestar.
8. Una sociedad exigente entra en el mundo del trabajo
Las transformaciones sociales también se trasladan al trabajo, la sociedad de la prisa se convierte en la organización de la urgencia, la hiperconectividad se convierte en disponibilidad permanente, la búsqueda de rendimiento se transforma en presión por productividad, la incertidumbre social se transforma en inseguridad laboral, la comparación social puede trasladarse a la competencia profesional, y la exigencia de éxito puede convertirse en una exigencia de rendimiento permanente, pero el trabajo no es únicamente una fuente de riesgo, es importante señalarlo.
La OMS recuerda que el trabajo decente puede ser un factor protector de la salud mental porque proporciona ingresos, estructura, propósito, relaciones sociales, confianza y sentido de pertenencia.
Por tanto, la relación entre trabajo y salud mental no puede formularse como:
trabajo = enfermedad.
La formulación correcta sería:
el trabajo puede ser protector o perjudicial dependiendo de sus condiciones.
Las cargas excesivas, los ritmos elevados, la falta de control, la inseguridad laboral, los horarios prolongados, el escaso apoyo, la violencia, el acoso, la discriminación y los conflictos entre vida laboral y personal constituyen riesgos psicosociales reconocidos.
La cuestión es determinar cuándo estos factores generan malestar, cuándo producen una enfermedad y cuándo esa enfermedad determina una limitación funcional incompatible temporalmente con el trabajo.
9. Cuando el problema está en el trabajo y lo tratamos en la persona
Esta es probablemente una de las mayores dificultades actuales, un trabajador puede presentar síntomas psicológicos porque está sometido a una carga excesiva, puede dormir mal porque trabaja con horarios impredecibles, puede sentirse angustiado porque existe inseguridad laboral, puede presentar agotamiento porque las demandas son superiores a los recursos disponibles, puede experimentar sufrimiento ante un conflicto laboral, pero el problema está en el trabajo y lo tratamos en la persona.
La pregunta clínica no debería ser únicamente: ¿Qué le ocurre al trabajador?
También debemos preguntar: ¿Qué está ocurriendo en su trabajo?
Si solo tratamos al individuo, podemos convertir un problema organizativo en un problema individual, el trabajador recibe tratamiento, la organización permanece igual, el síntoma puede mejorar temporalmente, pero la causa continúa.
La OMS recomienda precisamente que la prevención de los problemas de salud mental relacionados con el trabajo incluya intervenciones organizativas dirigidas a modificar, reducir o eliminar los riesgos existentes en el entorno laboral.
Esta perspectiva resulta esencial. No todo problema de salud mental relacionado con el trabajo se resuelve tratando al trabajador. A veces hay que tratar el trabajo.
10. Los datos de incapacidad temporal: una señal que exige interpretación
El crecimiento de las bajas por salud mental constituye uno de los fenómenos más relevantes de la incapacidad temporal contemporánea.
En España se registraron 671.618 situaciones de incapacidad temporal por trastornos mentales y del comportamiento en 2024, frente a 283.999 en 2016. El incremento acumulado fue del 136 %. Además, la duración media de estos procesos fue en 2023 aproximadamente 2,5 veces superior a la duración media de las bajas por el conjunto de diagnósticos, y el incremento no para en 2025 hubo 714.956 procesos de baja
Estos datos son importantes. Pero deben interpretarse con prudencia. El aumento de la incapacidad temporal por trastornos mentales no demuestra por sí mismo un aumento equivalente de la enfermedad mental.
Las cifras de IT reflejan muchas cosas simultáneamente:
- enfermedad;
- reconocimiento diagnóstico;
- utilización del sistema sanitario;
- cambios culturales;
- menor estigmatización;
- condiciones de trabajo;
- organización de los servicios;
- duración de los procesos;
- capacidad de seguimiento;
- dificultades de retorno al trabajo;
- y posiblemente también fenómenos de medicalización.
Por eso, el dato no debe utilizarse para afirmar que «la sociedad está cada vez más enferma».
La afirmación más rigurosa es otra:
La salud mental ocupa un espacio creciente en la incapacidad temporal y este fenómeno necesita ser explicado.
La cifra es una señal, pero no es por sí misma la explicación.
11. Malestar, trastorno e incapacidad: tres conceptos que no podemos confundir
Aquí se encuentra probablemente el núcleo de la valoración médico-laboral.
- Malestar no es sinónimo de enfermedad.
- Enfermedad no es sinónimo de incapacidad.
- Incapacidad no es sinónimo de diagnóstico.
Una persona puede experimentar malestar y mantener plenamente su capacidad laboral.
Una persona puede tener un diagnóstico psiquiátrico y continuar trabajando.
Una persona puede presentar una enfermedad mental que, dependiendo de sus características y de las exigencias de su puesto, determine una incapacidad temporal.
Por ello, el diagnóstico es solo uno de los elementos de la valoración.
En incapacidad laboral necesitamos conocer:
- qué enfermedad existe;
- qué síntomas presenta;
- qué limitaciones funcionales genera;
- qué evolución cabe esperar;
- qué tareas exige realmente el puesto;
- y cómo interactúan las limitaciones de la persona con esas exigencias.
La OMS reconoce que los problemas de salud mental pueden afectar a la capacidad para trabajar, pero también plantea medidas de apoyo, adaptación y retorno al trabajo y esto resulta esencial. La finalidad no puede ser simplemente certificar una ausencia, debe ser también favorecer la recuperación y, cuando sea posible, el retorno.
12. De la sociedad poco saludable a la incapacidad temporal
Llegamos así al modelo que puede resumir todo el planteamiento:
SOCIEDAD POCO SALUDABLE
↓
FORMAS DE VIDA POCO SALUDABLES
↓
TRABAJO Y ORGANIZACIONES POCO SALUDABLES
↓
MALESTAR / SUFRIMIENTO / RIESGO PSICOSOCIAL
↓
INTERPRETACIÓN DEL MALESTAR
↓
MEDICALIZACIÓN / PSIQUIATRIZACIÓN
↓
DIAGNÓSTICO Y TRATAMIENTO
↓
INCAPACIDAD TEMPORAL
Pero este esquema no debe interpretarse como una explicación universal, en muchos casos existe una enfermedad mental auténtica que justifica plenamente una incapacidad, en otros, existe una enfermedad relacionada o agravada por condiciones laborales, en otros, el problema principal puede ser un contexto social o laboral adverso, y en algunos casos puede existir una respuesta sanitaria excesivamente medicalizada.
La realidad es heterogénea. Precisamente por ello necesitamos mejor capacidad diagnóstica y mejor valoración funcional, no menos medicina.
13. La paradoja de la incapacidad: retirar al trabajador sin transformar el contexto
La incapacidad temporal puede ser necesaria. Permite recuperarse, recibir tratamiento y evitar que una persona continúe trabajando cuando su estado clínico lo impide. Pero la IT también puede presentar riesgos si se prolonga sin una estrategia de recuperación.
Una ausencia prolongada puede generar pérdida de rutinas, desconexión del entorno laboral, temor al retorno, inseguridad y pérdida progresiva de confianza en la propia capacidad.
Por eso, la baja no debería convertirse en una situación pasiva. La recuperación debe incorporar, cuando sea posible, una estrategia de retorno.
La OMS incluye expresamente el retorno al trabajo dentro de sus recomendaciones para la salud mental laboral.
La pregunta no debería ser únicamente: ¿Cuándo está curado?
También:
¿Qué puede hacer actualmente?
¿Qué necesita para volver?
¿Puede realizar determinadas tareas?
¿Es posible una adaptación?
¿Qué condiciones facilitarían su reincorporación?
Esta mirada funcional permite salir de una concepción puramente diagnóstica de la incapacidad.
14. Desmedicalizar no significa desatender
Existe un riesgo en el debate sobre la medicalización, y es que se interprete como una crítica a la atención de la salud mental, y no es así.
Desmedicalizar no significa desatender. Significa atender mejor.
Significa reservar la intervención médica para aquello que necesita intervención médica, significa facilitar psicoterapia cuando el problema requiere psicoterapia, significa intervenir sobre las condiciones laborales cuando el problema está en el trabajo, significa actuar socialmente cuando el problema es social, significa acompañar cuando lo que necesita una persona es acompañamiento y significa tratar intensivamente cuando existe una enfermedad mental que requiere tratamiento. No se trata de reducir la salud mental, se trata de hacer más rigurosa su comprensión.
15. Hacia una nueva cultura de salud mental
Necesitamos una nueva cultura de salud mental, que permita hablar del sufrimiento sin estigmatizar, que facilite pedir ayuda. Pero también una cultura que no convierta cualquier sufrimiento en enfermedad. Necesitamos mejorar la educación sanitaria para que las personas comprendan que determinadas emociones forman parte de la vida, profesionales con tiempo suficiente para valorar, reforzar los recursos psicológicos y psicoterapéuticos, una Atención Primaria capaz de realizar una primera valoración adecuada, servicios de salud mental accesibles cuando exista enfermedad, y fortalecer la prevención de riesgos psicosociales en las empresas.
La OMS recomienda precisamente una combinación de intervenciones organizativas, formación de responsables y trabajadores, intervenciones individuales, apoyo a las personas con trastornos mentales y medidas de retorno al trabajo.
No existe una única respuesta. La salud mental requiere una respuesta multidimensional.
16. Una nueva mirada sobre la incapacidad temporal
En el ámbito de la incapacidad temporal necesitamos avanzar hacia una valoración que no quede atrapada en el diagnóstico.
«La pregunta fundamental no es solo «¿qué diagnóstico tiene?», sino «¿qué capacidad conserva?» y «¿qué relación existe entre sus limitaciones y las exigencias concretas de su trabajo?» Esta perspectiva obliga a recuperar la dimensión funcional y laboral de la medicina evaluadora.
La enfermedad pertenece al ámbito clínico. La capacidad pertenece a la interacción entre persona y actividad. La incapacidad laboral surge cuando esa interacción determina una imposibilidad temporal para realizar el trabajo habitual en las condiciones existentes.
Esta distinción permite también evitar dos errores contrapuestos.
- El primero es medicalizar el malestar y convertirlo automáticamente en incapacidad.
- El segundo es minimizar la enfermedad real porque se considera que el problema pertenece simplemente al ámbito de la vida o del trabajo.
Ambos errores perjudican, al trabajador enfermo, porque puede quedar sin atención, al trabajador que atraviesa un malestar adaptativo, porque puede quedar atrapado en una identidad de enfermo, y al propio sistema, porque utiliza recursos sanitarios para resolver problemas que en ocasiones requieren otras respuestas.
17. La respuesta no puede ser exclusivamente sanitaria
Si una parte del problema se encuentra en la forma en que vivimos y trabajamos, la solución tampoco puede descansar exclusivamente en el sistema sanitario. Una sociedad poco saludable no puede resolverse únicamente aumentando las consultas de salud mental. Un trabajo poco saludable no puede resolverse únicamente aumentando la prescripción de psicofármacos. Una organización disfuncional no puede solucionarse enviando a sus trabajadores al psicólogo. Y una situación de sobrecarga no se corrige simplemente enseñando al trabajador técnicas para tolerar mejor la sobrecarga.
La prevención debe mirar hacia arriba, hacia la organización, hacia la carga de trabajo, hacia la autonomía en el trabajo, hacia los horarios, hacia la conciliación, hacia el liderazgo, hacia el reconocimiento, hacia la seguridad laboral, hacia las relaciones, hacia el sentido del trabajo.
La OMS insiste en que las intervenciones organizativas deben actuar directamente sobre las condiciones y los entornos de trabajo, no limitarse a intervenir sobre el individuo.
Este principio debería ocupar un lugar central en las políticas de salud mental laboral.
18. Conclusiones: no convertir la vida en una enfermedad
La psiquiatrización de la vida cotidiana y la medicalización de la normalidad constituyen uno de los grandes retos silenciosos de nuestro tiempo. No porque la salud mental sea menos importante. Precisamente porque es demasiado importante para permitir que su significado se diluya.
Necesitamos reconocer la enfermedad mental, pero también necesitamos reconocer la normalidad, y tratar a quien está enfermo.
Pero no convertir automáticamente en enfermo a quien está sufriendo.
Necesitamos prevenir los riesgos psicosociales, pero no transformar todos los riesgos en diagnósticos. Necesitamos proteger al trabajador, pero tampoco utilizar la incapacidad temporal como respuesta automática ante cualquier dificultad laboral.
La clave está en diferenciar.
- Malestar no es trastorno.
- Trastorno no es incapacidad.
- Incapacidad no es simplemente diagnóstico.
Y, sobre todo: no todo problema humano es un problema médico.
Vivimos en una sociedad de la prisa, la hiperconexión, la incertidumbre, la comparación y la exigencia permanente. Una sociedad que ofrece enormes posibilidades, pero que también puede generar formas de vida poco saludables. El trabajo participa de esta realidad. Puede ser un factor de protección, de identidad, de estructura y de inclusión. Pero puede convertirse también en una fuente de riesgo cuando sus condiciones son inadecuadas.
Por eso, cuando aumentan las bajas por salud mental, no deberíamos conformarnos con preguntar cuántas enfermedades mentales existen.
Deberíamos preguntarnos también:
- ¿Qué está ocurriendo en nuestra sociedad?
- ¿Qué está ocurriendo en nuestros trabajos?
- ¿Qué está ocurriendo en nuestro sistema sanitario?
- ¿Cómo estamos interpretando el sufrimiento?
- ¿Estamos diferenciando adecuadamente enfermedad, malestar y capacidad?
Y finalmente:
- ¿Estamos tratando al enfermo o estamos tratando, a veces, las consecuencias de una sociedad y de unas organizaciones poco saludables?
No se trata de negar el sufrimiento, se trata de cuestionar la necesidad de tratamiento.
No se trata de reducir la importancia de la salud mental, se trata de algo más exigente: aprender a distinguir cuándo una persona necesita tratamiento, cuándo necesita prevención, cuándo necesita psicoterapia, cuándo necesita que cambien sus condiciones de trabajo, cuándo necesita una incapacidad temporal y cuándo necesita, simplemente, tiempo para afrontar una circunstancia difícil de la vida.
La medicina debe estar donde existe enfermedad. La prevención, donde existe riesgo. La psicología, donde existe sufrimiento susceptible de intervención. La organización, cuando el problema está en el trabajo. Y la sociedad, cuando el problema pertenece a la forma en que estamos construyendo nuestra manera de vivir.
Porque quizá el gran reto de la salud mental contemporánea no sea solamente evitar que las personas enfermen sino también evitar que convirtamos la vida en una enfermedad.
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