La psicología de las confesiones falsas y el legado de Gísli Guðjónsson

En el blog de Alfredo Calcedo se ha publicado un artículo sobre la psicología de las confesiones falsas a través de la obra del psicólogo islandés Gísli Guðjónsson. Durante siglos, la confesión se consideró la prueba por excelencia, porque se daba por hecho que un inocente no admite un delito grave que no ha cometido. Las exoneraciones por ADN en Estados Unidos desmintieron esa idea: cerca de un tercio de esos inocentes habían confesado.

Guðjónsson, que antes de dedicarse a la psicología fue detective en Reikiavik, desarrolló su carrera en el Reino Unido, en el Maudsley, Broadmoor y el King’s College de Londres. Demostró que personas sin trastorno mental grave pueden confesar falsamente cuando ciertas fragilidades personales coinciden con la presión de un interrogatorio. Adoptó y desarrolló la clasificación de Kassin y Wrightsman en confesiones voluntarias, complacientes por presión e internalizadas por presión. En las complacientes, el sujeto sabe que es inocente pero cede para acabar con el interrogatorio. En las internalizadas, llega a creer que cometió el delito. También describió el «síndrome de desconfianza en la memoria», en el que el sospechoso deja de fiarse de sus recuerdos y acepta el relato policial. Calcedo aclara que es un constructo clínico descriptivo y no un diagnóstico reconocido.

Su gran aportación fue hacer medible la vulnerabilidad. Creó las Escalas de Sugestionabilidad, que miden cuánto cede alguien ante preguntas capciosas y ante la presión, y la Escala de Cumplimiento, que mide la tendencia a obedecer para evitar conflictos. El autor recoge también sus límites: estas pruebas no reproducen un interrogatorio real y su relación con las confesiones falsas es solo moderada.

El artículo recorre después los casos en los que intervino o que marcaron su trabajo: Confait, los Cuatro de Guildford, los Seis de Birmingham, los Tres de Tottenham, los Tres de Cardiff, el caso Stagg y el caso islandés de Guðmundur y Geirfinnur. Calcedo corrige varias versiones muy difundidas. Muchas anulaciones se debieron sobre todo a la manipulación policial de pruebas, no solo a la psicología. Destaca, en cambio, la sentencia de Tottenham de 1991, que admitió el peritaje psicológico aunque el acusado no tuviera una enfermedad mental diagnosticada.

En cuanto a las reformas, el autor precisa que la ley británica PACE de 1984 surgió del caso Confait, no de Guildford ni de Birmingham. Esa ley introdujo la asistencia letrada, el adulto apropiado para detenidos vulnerables y la grabación de los interrogatorios. Después llegó el modelo PEACE de entrevista, que busca información en lugar de una confesión y que, según la evidencia, reduce las confesiones falsas sin perder eficacia.

Calcedo concluye que Guðjónsson convirtió una intuición clínica en ciencia medible y cambió la doctrina judicial. Aun así, la confesión sigue pesando demasiado ante los jurados, por lo que el problema no está resuelto, sino por fin bien planteado.

La aplicación de la Inteligencia Artificial en Medicina, y Psiquiatría, Legal: «el perito aumentado»

En este extenso ensayo, publicado en el blog de Alfredo Calcedo el autor analiza cómo la inteligencia artificial, y sobre todo los grandes modelos de lenguaje, afecta a la prueba pericial médica. Se pregunta si puede ayudar al perito o incluso sustituirlo.

El autor parte del marco jurídico español. Según la LEC y la LECrim, el perito es una persona física con título oficial que jura actuar con objetividad, responde civil, disciplinaria y penalmente de su dictamen, y debe comparecer en juicio para ser interrogado y contradicho. Admite que los peritos humanos tienen sesgos documentados, como el llamado «efecto de adscripción», por el que tienden a favorecer a quien los contrata. La IA podría corregir algunos de estos sesgos, pero trae otros problemas: inventa datos y referencias, su razonamiento es opaco, reproduce los sesgos de sus datos de entrenamiento y lleva a confiar en exceso en sus resultados.

A continuación repasa la evidencia en imagen postmortem, cálculo del tiempo desde la muerte, toxicología, valoración de lesiones, estimación de la edad, genética y responsabilidad sanitaria. Concluye que la mayoría de herramientas siguen en fase de investigación, sin validación externa suficiente. Funcionan bien en tareas concretas, como analizar imágenes u ordenar documentos, pero fallan al integrar información y razonar sobre causas. Varios estudios muestran que los modelos de lenguaje omiten errores evidentes, señalan faltas inexistentes o se contradicen, y que la fluidez de sus respuestas oculta esos fallos.

La psiquiatría forense le parece el ámbito menos automatizable. Depende de la entrevista y de la relación con el examinado, y sus preguntas son jurídicas, no clínicas: imputabilidad, capacidad o riesgo futuro. Además, los algoritmos de predicción de violencia, como COMPAS, no superan a modelos muy simples, y la propia IA puede ayudar a los examinados a simular trastornos. El Reglamento europeo de IA prohíbe, además, predecir delitos basándose solo en perfiles o en rasgos de personalidad.

Calcedo propone una escala de seis niveles de automatización. Un borrador completo generado por IA y revisado por el perito es técnicamente posible, pero arriesgado, porque puede degenerar en una firma sin revisión real. Un informe íntegramente automatizado choca con obstáculos jurídicos, como la exigencia de titulación, juramento, contradicción y responsabilidad personal. También con obstáculos regulatorios, porque el Reglamento europeo exige supervisión humana efectiva y el RGPD protege los datos de salud. A ello se suman límites epistémicos, ya que la IA no puede explorar al paciente, y éticos, por lo que supone para la dignidad del examinado. El autor plantea además una paradoja: cuanto más fiable parece un sistema, menos se revisa y más fácilmente pasan inadvertidos sus errores.

Como conclusión, defiende el modelo del «perito aumentado»: un profesional que declara qué herramientas usa, verifica cada dato, explora personalmente al examinado, protege la información y conserva el juicio y la responsabilidad. Cierra con la idea de que la cuestión no es si la IA puede redactar un informe, sino si puede responder de él, algo que hoy solo puede hacer una persona.

El «entender» en el consentimiento informado desde la filosofía analítica

En este post analizamos un artículo de una revista de Bioética en el que se analiza el concepto de comprensión desde la perspectiva de la filosofía de Wittgenstein

Referencia: Bair H. Grammar of ‘understanding’ in informed consent: a Wittgensteinian diagnosis. J Med Ethics 2026;0:1–8. doi:10.1136/jme-2026-112077.

Qué plantea el artículo

La tesis de Henry Bair (J Med Ethics, 2026) es que el consentimiento informado verifica la comprensión del paciente con el tipo de prueba equivocado. Pregunta «¿lo entiende?» y recoge una firma, cuando debería pedir al paciente que haga algo con la información recibida.

La doctrina ética del consentimiento descansa en tres condiciones: voluntariedad, capacidad y comprensión. Las dos primeras tienen una amplia literatura filosófica. La comprensión, en cambio, apenas se ha analizado conceptualmente. Trabajos recientes (Dougherty; Millum y Bromwich) discuten qué debe comprenderse y cuánto basta. Bair plantea una pregunta anterior: qué clase de concepto es «comprender». ¿Es un estado mental, una experiencia o una capacidad? La respuesta determina cómo debe verificarse.

El autor distingue dos sentidos de consentimiento, siguiendo a Faden y Beauchamp. El primero es la autorización autónoma, que exige comprensión sustancial. El segundo es la autorización legalmente válida, centrada en la revelación de información (estándar del médico razonable o del paciente razonable, Canterbury v Spence). Su argumento solo afecta a los modelos que exigen comprensión, que son los éticamente dominantes.

El problema: el «modelo de recepción»

Bair llama modelo de recepción a la forma en que las instituciones tratan hoy la comprensión: un estado mental interno que se produce al recibir información. El clínico transmite, el paciente recibe y se presume que la comprensión aparece. La práctica ha ido derivando hacia la lógica de la responsabilidad legal, donde una revelación adecuada sustituye a la prueba de comprensión.

Este modelo se materializa en tres rasgos del proceso habitual:

  1. El formulario trata la comprensión como producto de leer u oír. Pero un paciente puede oír cada palabra y no ser capaz de explicar los riesgos, por qué se recomienda una opción o qué pasaría si la rechaza.
  2. La firma funciona como atestación de comprensión. Frases como «entiendo los riesgos, beneficios y alternativas» convierten la pregunta «¿lo entiende?» en una petición de autoinforme introspectivo, no en una ocasión para demostrar nada.
  3. La adecuación se evalúa por lo revelado, no por lo que el paciente puede hacer. En litigios, la comprensión se trata como consecuencia automática de una revelación correcta.

Las consecuencias están bien documentadas: revisiones sistemáticas (Tam et al.; Falagas et al.) muestran comprensión pobre de elementos básicos, tanto en ensayos clínicos como en cirugía. La respuesta habitual ha sido mejorar la información: formularios más simples, menor nivel de lectura, ayudas visuales, vídeos. Bair se pregunta si esas reformas apuntan al problema correcto.

La herramienta: Wittgenstein y la gramática de «comprender»

En Investigaciones filosóficas §§148–155, Wittgenstein muestra que comprender no es un proceso o evento mental, sino una capacidad que se demuestra en el uso. Su análisis es «gramatical»: no pregunta qué es la comprensión en el cerebro, sino cómo funciona la palabra en nuestro lenguaje y qué tiene sentido decir con ella.

El ejemplo central es una serie numérica. Alguien exclama «¡ahora lo entiendo!» y sigue la serie. Quizá le vino una fórmula a la mente, o sintió alivio, o no le pasó nada identificable. Ninguna de esas vivencias es la comprensión:

  • Si alguien siente que ha captado la regla pero luego falla, no decimos que entendió y lo olvidó: decimos que no entendió.
  • Si alguien sigue la serie correctamente sin ninguna experiencia especial, decimos que sí entiende.

La experiencia subjetiva no es ni necesaria ni suficiente. «Comprender» se parece gramaticalmente a «poder» o «ser capaz de», no a «sentir». Atribuimos comprensión por criterios observables: continuar la serie, aplicar la regla a casos nuevos, explicar, responder preguntas. Esa capacidad puede ejercerse en un solo encuentro, por ejemplo parafraseando o sacando una consecuencia de lo dicho.

Bair añade dos matices. No es conductismo: la capacidad es actividad sujeta a normas (aplicar correctamente, corregir errores), no mera conducta como la de un loro. Y el argumento no depende del argumento del lenguaje privado (§§243 y ss.).

Aplicado al consentimiento, el modelo de recepción comete una confusión gramatical: confunde una condición necesaria (el paciente recibió la información) con la cosa misma (el paciente puede usarla). La alternativa es el modelo de capacidad: el paciente comprende cuando puede reformular la información con sus palabras y explicar qué se sigue de cada opción. Bair distingue su crítica de la de Manson y O’Neill: ellos critican el modelo de comunicación («modelo contenedor»); él critica el concepto mismo de comprensión. Una comunicación más rica podría seguir tratando la comprensión como un evento interior.

El doble rasero: el problema del MacCAT

La clínica ya aplica el modelo de capacidad, pero solo en los casos difíciles. Las herramientas MacArthur (MacCAT), de Appelbaum y Grisso, evalúan la comprensión pidiendo al paciente que parafrasee lo explicado, además de valorar apreciación, razonamiento y expresión de una elección. Es, en la práctica, un teach-back estructurado.

El problema es su ámbito de uso. El MacCAT se activa cuando se duda de la capacidad: diagnóstico psiquiátrico, deterioro cognitivo, nivel de conciencia alterado o una decisión que parece irracional. Para el resto de pacientes, el consentimiento funciona con el modelo de recepción: informar, firmar y presumir.

Para Bair esta asimetría no tiene justificación conceptual. El significado de «comprender» no cambia según el estado cognitivo del paciente. Lo que cambia es la probabilidad que el clínico asigna a que haya comprendido, y la probabilidad no es gramática. Esperar que un paciente joven y formado entienda no demuestra que haya entendido. El MacCAT aplica la lógica correcta, pero como excepción, cuando debería ser la regla.

El artículo precisa también la diferencia entre capacidad y comprensión. La capacidad es un conjunto de habilidades permanentes; la comprensión es su ejercicio sobre un contenido concreto. Un paciente con capacidad puede no comprender una revelación determinada. Bair conecta con Spike (2017), que defiende desde la clínica que el propio consentimiento es la esencia de la evaluación de capacidad y que el médico responsable está mejor situado que un consultor para juzgarla.

La prueba empírica: por qué la legibilidad falla y el teach-back funciona

El análisis filosófico explica un patrón que la literatura había documentado sin explicar: las intervenciones que mejoran la entrega de información tienen efectos irregulares, y las que piden al paciente demostrar comprensión funcionan de forma más consistente. La revisión de Glaser et al. (2020), sobre 60 intervenciones en consentimiento clínico, lo ilustra:

Tipo de intervenciónEstudios con mejora en comprensión
Teach-back o test-feedback3 de 3 (100%)
Herramientas digitales interactivas con comprobaciones11 de 13 (85%)
Audiovisuales15 de 27 (56%)
Formularios escritos mejorados6 de 14 (43%)

Otros trabajos convergen. Nishimura et al. hallan resultados mixtos para documentos mejorados y multimedia en investigación, y mejoras más consistentes con test-feedback. En población con baja alfabetización, Tamariz et al. encuentran las mejores puntuaciones con teach-back y las peores cuando solo se bajó el nivel de lectura. Paris et al. no observan mejora significativa tras revisar profesionalmente un documento de consentimiento.

El modelo de recepción no puede explicar esto: si la comprensión resulta de recibir información, mejorar la información debería bastar. El modelo de capacidad sí: la legibilidad mejora las condiciones de la comprensión; el teach-back activa la capacidad en que consiste. Bair no desprecia la claridad del lenguaje, que es un bien en sí y puede aumentar la probabilidad de comprender; solo afirma que no la constituye.

Objeciones y respuestas

  • «La comprensión tiene una dimensión subjetiva.» Es cierto que el paciente siente confusión o seguridad, y atenderlo es buena clínica. Pero quien se siente seguro y no sabe decir los riesgos no los comprende; quien duda pero razona bien las opciones, sí.
  • «No se puede comprender lo que no se ha vivido.» Existe una comprensión por experiencia (cómo se vive una quimioterapia), pero ninguna doctrina la exige ni podría exigirla. Ponerse en contacto con pacientes que ya pasaron por ello complementa el modelo de capacidad.
  • «El listón queda demasiado alto.» No se pide más prueba, sino una prueba distinta. «¿Lo entiende?» y «¿me lo puede explicar con sus palabras?» son ambas una sola pregunta; la segunda es más informativa.
  • «En derecho, ‘comprender’ es un término técnico.» Ninguna norma, guía o código lo define operativamente. Que el debate sobre cómo medirlo siga abierto prueba que se usa en su sentido ordinario, y hereda su gramática.

Por qué importa para la práctica clínica

El artículo importa porque convierte un debate filosófico en cambios concretos y baratos del encuentro clínico. Si la comprensión es una capacidad, el consentimiento se verifica observando lo que el paciente hace con la información, no recogiendo su firma. Bair propone cuatro cambios:

  • Evaluar la adecuación por comprensión demostrada, no solo por revelación completa. La revelación sigue siendo necesaria, pero no basta. El mínimo razonable: el paciente describe la intervención con sus palabras, identifica al menos un riesgo material y nombra al menos una alternativa. Para decisiones complejas o sensibles a preferencias, puede pedirse que razone por qué elige una opción.
  • Hacer del teach-back el método estándar de verificación. No es una técnica pedagógica opcional, sino la aplicación del criterio correcto. Schillinger et al. mostraron que estas preguntas pueden hacerse en menos de 2 minutos. Su intensidad debe ser proporcional a la complejidad y el riesgo de la decisión.
  • Diseñar los formularios para elicitar, no solo para ser legibles. Incluir preguntas como «con sus palabras, ¿cuál es el principal riesgo?» o «si decidiera no tratarse, ¿qué pasaría?». El documento pasa de registro de lo informado a instrumento de verificación.
  • Acercar el consentimiento ordinario a la evaluación formal de capacidad. Entre una sola pregunta de teach-back y el MacCAT hay un continuo; lo que debe desaparecer es la zona en que no se recoge ninguna prueba de comprensión.

Hay tres consecuencias prácticas añadidas:

  • Si el paciente no demuestra comprensión, el consentimiento éticamente adecuado aún no existe: hay que volver a explicar o cambiar de enfoque antes de proceder.
  • Responsabilidad legal. Documentar un teach-back no empeora la posición del clínico; la refuerza. Añade una prueba independiente de que el paciente podía usar la información, frente a una simple firma.
  • Obstáculos reales, pero de implementación. El tiempo, los formularios redactados por servicios jurídicos y una jurisprudencia centrada en la revelación dificultan el cambio. Para Bair, eso no justifica seguir perfeccionando el modelo equivocado.

En síntesis

Revelar no es comprender. Según Bair, confundir ambas cosas ha atrapado la reforma del consentimiento en un bucle de optimización: formularios cada vez más claros sin resolver el problema de fondo. Salir del bucle exige pasar de presumir la comprensión a verificarla mediante demostración.

El valor del artículo está en unir tres planos: un diagnóstico conceptual (Wittgenstein), una explicación de datos empíricos ya existentes y una propuesta operativa de bajo coste. Su límite es que la base empírica de algunos puntos es estrecha (solo tres estudios de teach-back en la revisión de Glaser) y que el cambio legal que sugiere depende de jurisprudencia y políticas institucionales. Aun así, el mensaje para el clínico es directo: sustituir «¿lo ha entendido?» por «¿me lo puede explicar con sus palabras?».

Sentencia absolutoria en el caso de Córdoba sobre responsabilidad profesional

Acaba de conocerse la sentencia absolutoria en un procedimiento judicial contra una psiquiatra en Córdoba. Este es uno de los casos más importantes de responsabilidad profesional en Psiquiatría, que se han producido en muchos años. Esta sentencia tiene una gran importancia ya que ayuda a entender la visión que tienen los jueces del trabajo de los psiquiatras.

En el blog de Alfredo Calcedo se hace un análisis preliminar de la sentencia.

Cuando los abogados leen las historias clínicas de los psiquiatras en los juicios: la literalidad versus el contexto

Del blog de Alfredo Calcedo (texto completo del artículo)

El juicio de Lindsay Clancy continúa deparando sorpresas, y da pie a nuevas reflexiones sobre el análisis judicial de la actividad de los psiquiatras. Lindsay Clancy es una joven enfermera que era madre de tres niños pequeños, y que está acusada de haberlos estrangulado. Inmediatamente después del triple infanticidio, Lindsay se arrojó por una ventana. Le han quedado lesiones neurológicas por las que tiene que utilizar una silla de ruedas. El objeto del debate en el juicio es si Lindsay padecía una psicosis posparto en el momento de los hechos. Lindsay tenía antecedentes y un ingreso psiquiátrico previo, y ya estaba siendo seguida por una psiquiatra, la Dra. Jennifer Tufts, que la atendía por videollamada. Dilucidar si Lindsay padecía o no un trastorno psicótico, dependía, en gran medida, de la historia clínica realizada por su psiquiatra.

La defensa agresiva de Lindsay, encabezada por el letrado Kevin Reddington, interrogó a la Doctora Tufts sobre el contenido de su historia clinica. Le hace leer en voz alta sus propias anotaciones y en el diálogo que mantiene durante el juicio, bajo juramento, con el abogado plantea una cuestión interesante. Cuando la Psiquiatra, es arinconada en el interrogatorio, dió una respuesta sorprendente, pero que no es aceptable en el entorno judicial: «eso es lo que escribí, pero yo sé lo que quería decir». En el breve vídeo de dos minutos que encabeza este post, se puede escuchar el diálogo entre abogado y psiquiatra declarando.

Este diálogo plantea una cuestión: ¿Cómo se puede interpretar una historia clinica? si hay que hacerlo literalmente o cabe un margen de interpretación por los profesionales, a las que no pueden llegar los legos en la materia.

El juicio de Lindsay Clancy ha sido declarado nulo (Mistrial) ya que de los 12 jurados 11 votaron por la absolución, y uno votaba por la condena. Se exigía que la resolución fuera unánime. Por ello. El juez que ha supervisado el juicio considera que el jurado está bloqueado (deadlocked) y declara juicio nulo. La fiscalía ahora tiene que decidir si presenta nuevamente su acusación para que se celebre un nuevo juicio.

Los letrados de la defensa, presentaron una demanda por responsabilidad profesional contra las organizaciones para las que trabajaban psiquiatras y enfermeras implicados. En este caso. El argumento era sencillo se busca trasladar la culpa de la autora material del crimen a los profesionales sanitarios que la trataban, considerando que no lo hicieron correctamente, y por ello son causantes indirectos del terrible daño.

En este post del Blog de Alfredo Calcedo se analiza la cuestión de la interpretación de la historia clínica en los juicios por los letrados de las partes

Del blog de Alfredo Calcedo (texto completo del artículo)

¿Más enfermedad o más malestar medicalizado? Psiquiatrización de la vida cotidiana, salud mental, trabajo e incapacidad temporal

José Manuel Vicente Pardo
Director de la Cátedra Internacional de Medicina Evaluadora, Pericial y Laboral. UCAM. José Manuel ha sido durante muchos años Médico Inspector de la Seguridad Social, y director del Equipo de Valoración de Incapacidades del INSS en San Sebastián

Resumen

La salud mental ocupa hoy un lugar central en el discurso sanitario, social y laboral. Este cambio ha contribuido a reducir el estigma y a favorecer el reconocimiento de trastornos que durante décadas permanecieron ocultos. Sin embargo, la progresiva expansión del lenguaje de la salud mental plantea también un riesgo menos visible: la psiquiatrización de la vida cotidiana y la medicalización de experiencias humanas que no constituyen necesariamente enfermedad.

La tristeza ante una pérdida, la preocupación ante la incertidumbre, la frustración, el cansancio, el estrés cotidiano o el sufrimiento ante determinadas circunstancias vitales pueden formar parte de respuestas adaptativas normales. El problema aparece cuando se confunden malestar, trastorno mental e incapacidad laboral. Esta confusión puede favorecer el sobrediagnóstico, el sobretratamiento y una progresiva individualización de problemas cuyo origen puede encontrarse también en factores sociales, familiares, económicos u organizativos.

El fenómeno adquiere especial relevancia en el ámbito laboral. En España, las situaciones de incapacidad temporal por trastornos mentales y del comportamiento han aumentado de forma muy importante en los últimos años. En 2024 se registraron 671.618 situaciones de incapacidad temporal por estos diagnósticos, un 136 % más que en 2016, y su duración media fue muy superior a la del conjunto de diagnósticos. Este incremento constituye una señal que debe ser analizada, pero no permite concluir por sí mismo que haya aumentado en igual proporción la enfermedad mental.

Este artículo propone una lectura biopsicosocial y laboral del fenómeno: sociedad poco saludable → formas de trabajo poco saludables → malestar → riesgo de medicalización → diagnóstico → incapacidad temporal, sin asumir que este itinerario explique todas las bajas por salud mental. La respuesta exige preservar la diferencia entre malestar, enfermedad y capacidad laboral, fortalecer la prevención de riesgos psicosociales, mejorar la atención psicológica y psiquiátrica cuando esté indicada y avanzar hacia una valoración integral de la persona, su capacidad y las exigencias reales del trabajo.

Palabras clave: salud mental; medicalización; psiquiatrización; sobrediagnóstico; incapacidad temporal; trabajo; riesgos psicosociales; capacidad laboral.

1. Introducción: cuando vivir empieza a parecer una enfermedad

Hablar de salud mental se ha convertido en una necesidad social. Probablemente nunca como ahora hemos hablado tanto de ansiedad, depresión, estrés, agotamiento, bienestar emocional o sufrimiento psicológico. Durante décadas, la enfermedad mental estuvo rodeada de silencio, estigma y ocultación. Muchas personas no hablaban de lo que les ocurría por miedo a ser etiquetadas, rechazadas o discriminadas. Que hoy puedan hacerlo con mayor libertad constituye un avance indudable.

Pero precisamente porque la salud mental ha adquirido tanta presencia social, sanitaria y laboral, conviene introducir una reflexión crítica.

Esta distinción es especialmente importante porque el concepto de salud mental se ha ampliado. Ya no se entiende únicamente como ausencia de trastorno mental, sino como una dimensión del bienestar, de la capacidad de afrontar las dificultades, de relacionarse, trabajar, aprender y participar en la sociedad. La propia Organización Mundial de la Salud subraya que la salud mental es mucho más que la ausencia de una enfermedad y que permite afrontar las tensiones de la vida, desarrollar capacidades y trabajar. Esta concepción amplia es necesaria.

El riesgo aparece cuando se produce una deducción equivocada: si la salud mental comprende una parte tan extensa de nuestra experiencia, cualquier déficit o dificultad puede acabar interpretándose como un trastorno mental.

Hablar más de salud mental no significa necesariamente comprender mejor dónde termina el malestar y dónde comienza la enfermedad.

Y no es así, porque la tristeza no es necesariamente depresión, la preocupación no es necesariamente un trastorno de ansiedad, el cansancio no es necesariamente burnout, la frustración no es necesariamente una enfermedad, el sufrimiento ante una pérdida no es necesariamente patología, ni el conflicto laboral tampoco es, por sí mismo, una enfermedad mental.

La vida humana contiene incertidumbre, frustración, pérdida, dolor y adaptación. Pretender eliminar por completo estas experiencias puede conducir paradójicamente a una menor tolerancia al malestar y a una mayor tendencia a interpretarlo en términos médicos.

Aquí se sitúa una de las grandes cuestiones de nuestro tiempo:

¿Estamos ante una sociedad con más enfermedad mental o ante una sociedad que ha ampliado progresivamente el territorio de lo que considera enfermedad?

La respuesta probablemente no sea una u otra. Pueden estar ocurriendo ambas cosas. Hay más reconocimiento de problemas que antes permanecían ocultos. Existen enfermedades reales y situaciones de sufrimiento grave que requieren tratamiento. Pero también existe el riesgo de convertir progresivamente experiencias normales de la vida en problemas sanitarios.

2. Una sociedad poco saludable

Antes de analizar la medicalización conviene preguntarnos por el contexto en el que se produce. Vivimos en una sociedad marcada por la velocidad. La sociedad de la prisa favorece las respuestas rápidas y las soluciones inmediatas. Se valora la capacidad de hacer muchas cosas a la vez, aunque ello implique perder profundidad, reflexión y capacidad crítica. Consumimos titulares en lugar de análisis. Acumulamos información sin procesarla. Vivimos con la sensación permanente de urgencia.

La inmediatez se ha convertido en una expectativa. Queremos respuestas rápidas para problemas complejos, resultados inmediatos, satisfacción inmediata y soluciones inmediatas. Esta cultura de la inmediatez, el “café instantáneo” para todo, también condiciona nuestra relación con la salud. Si algo duele, queremos saber inmediatamente qué es, si algo preocupa, queremos una explicación, si estamos tristes, queremos dejar de estarlo, si no dormimos, queremos una solución, si estamos cansados, buscamos un diagnóstico. Y si existe un diagnóstico, con frecuencia esperamos un tratamiento que produzca rápidamente el efecto deseado.

La medicina queda así sometida a una demanda que no siempre puede satisfacer: resolver rápidamente aquello que forma parte de la complejidad de vivir.

A esta cultura de la prisa se suma la hiperconexión digital. Estamos conectados desde que nos levantamos hasta que nos acostamos. El teléfono móvil se ha convertido en una prolongación de nuestra presencia social y laboral. Consumimos información de manera continua. Las relaciones personales se desarrollan parcialmente en espacios virtuales. Las redes sociales introducen además una comparación permanente con la vida aparentemente exitosa de los demás. Cultivamos la imagen. Buscamos reconocimiento. Mostramos una vida seleccionada. Y observamos vidas seleccionadas de otros. Vivimos una vida virtual a la que asignamos el valor de una vida de relación y de comunicación que no tiene traslación en lo real, aislados en el no contacto físico, en la no conversación, en el no conocimiento, en le no contraste ni debate.

Se produce así una paradoja: estamos hiperconectados, pero no necesariamente más conectados con nosotros mismos.

Vivimos rodeados de información y, sin embargo, con frecuencia carecemos de tiempo para convertir esa información en conocimiento. Es lo que Byung-Chul Han ha descrito, desde una perspectiva filosófica, como la expansión de un mundo dominado por la información, la hiperactividad y las «no cosas», en detrimento de la experiencia concreta y de la capacidad contemplativa.

No se trata de idealizar el pasado ni de demonizar la tecnología. La cuestión es otra: qué ocurre cuando la tecnología deja de ser una herramienta y se convierte en el entorno permanente en el que vivimos.

A esta transformación se añaden la incertidumbre económica, los cambios sociales, la inestabilidad geopolítica, la transformación tecnológica y la creciente exigencia de adaptación.

El resultado es una sociedad que exige mucho al individuo, en la que hay que estar siempre disponible, hay que adaptarse pase lo que pase, hay que producir, hay que rendir, hay que responder rápido y sin vacilación, hay que aprender de lo nuevo, hay que competir continuamente con los demás y con nosotros, hay que optimizar cada hora del día y para colmo hay que estar siempre bien, sumergidos en la tiranía del optimismo.

Y todo ello puede producir una forma de vivir poco saludable. No necesariamente porque la sociedad esté «enferma», sino porque determinadas formas contemporáneas de vivir pueden convertirse en condiciones generadoras de malestar.

3. Del malestar a la enfermedad: una frontera que debemos preservar

El sufrimiento forma parte de la vida. Esta afirmación, aparentemente sencilla, parece haber perdido parte de su espacio en una sociedad que aspira a eliminar cualquier experiencia desagradable, hay sufrimientos inevitables, es normal que una pérdida produzca tristeza, que un fracaso nos conduzca a la frustración, una incertidumbre nos cause preocupación, es normal que una ruptura nos genere dolor, que una enfermedad nos de miedo, que un cambio puede no haga estar inseguros, que una dificultad laboral nos produzca estrés, y finalmente entender que estas respuestas no son necesariamente patológicas. La capacidad para reaccionar ante circunstancias adversas constituye precisamente una parte de nuestra capacidad adaptativa. El problema aparece cuando la frontera entre respuesta adaptativa y trastorno se vuelve demasiado difusa.

La literatura científica ha señalado que el sobrediagnóstico en salud mental es un fenómeno complejo y que, en ocasiones, los conceptos utilizados para definirlo no distinguen adecuadamente entre sobrediagnóstico, error diagnóstico y ampliación de las definiciones de enfermedad. Una revisión de meta-investigación sobre sobrediagnóstico en salud mental encontró precisamente una importante heterogeneidad conceptual en la literatura. Esto obliga a ser prudentes. No podemos utilizar el término «sobrediagnóstico» para explicar automáticamente cualquier incremento de diagnósticos. Pero tampoco podemos ignorar que las categorías diagnósticas, la cultura sanitaria y las expectativas sociales influyen en la manera en que se interpreta el sufrimiento.

De ahí la importancia de distinguir tres niveles:

  • Malestar.
  • Trastorno mental.
  • Incapacidad laboral.

Porque no son equivalentes, una persona puede sentirse mal sin estar enferma, una persona puede estar enferma sin estar incapacitada, y una persona puede estar temporalmente incapacitada cuando sus limitaciones funcionales interfieren con las exigencias de su trabajo.

Esta triple distinción debería ser esencial en cualquier debate sobre salud mental e incapacidad temporal.

4. Psiquiatrización de la vida cotidiana y medicalización de la normalidad

La medicalización describe un proceso por el cual problemas humanos, comportamientos, emociones o condiciones sociales pasan a ser definidos y gestionados como problemas médicos. En el ámbito de la salud mental, este fenómeno puede ampliar el territorio de la intervención sanitaria hasta experiencias que anteriormente se consideraban parte de la vida o de la esfera social.

La psiquiatrización constituye una expresión particular de este proceso cuando determinados comportamientos, emociones o problemas cotidianos pasan a interpretarse principalmente mediante categorías psiquiátricas. No significa que diagnosticar sea negativo. Diagnosticar correctamente es una de las herramientas fundamentales de la medicina.

El problema aparece cuando diagnosticar se convierte en la respuesta automática ante cualquier forma de sufrimiento.

Existe psiquiatrización cuando convertimos los riesgos o los síntomas en enfermedad sin una valoración suficiente de su contexto, intensidad, persistencia y repercusión funcional. Existe también cuando esperamos tratamiento médico para aquello que no necesariamente constituye enfermedad.

Y aquí aparece una cuestión cultural, y es que hemos desarrollado una especie de convicción colectiva de que el profesional sanitario debería tener respuesta para todo. La medicina se ha convertido, en cierta medida, en una respuesta social frente a problemas que no siempre son médicos, ante la tristeza pedimos tratamiento, ante la incertidumbre pedimos tratamiento, ante el insomnio ocasional pedimos tratamiento, ante la frustración pedimos tratamiento, ante el sufrimiento laboral pedimos tratamiento y, con frecuencia, esperamos que ese tratamiento sea rápido, la pastilla se convierte entonces en una especie de solución instantánea.

Pero la medicina no puede resolver mediante prescripción farmacológica aquello cuya causa principal se encuentra fuera del ámbito sanitario.

No podemos medicalizar el contexto cuando el contexto es el problema.

5. Sobrediagnóstico, sobretratamiento y puerta giratoria

La medicalización puede tener consecuencias individuales y colectivas. Una de ellas es la posibilidad de convertir a personas sanas en pacientes. Cuando una experiencia normal recibe una etiqueta diagnóstica, la persona puede comenzar a interpretar su propia historia desde la identidad de enfermo.

«Estoy pasando por una situación difícil» puede transformarse en «tengo una enfermedad». Esta diferencia puede parecer semántica, pero no lo es. La primera formulación conserva la posibilidad de cambio. La segunda puede favorecer una percepción de permanencia.

También puede aparecer la inercia terapéutica. Un tratamiento que inicialmente tenía sentido en una determinada circunstancia puede mantenerse mucho después de que dicha circunstancia haya desaparecido. Esto es especialmente relevante cuando la respuesta sanitaria se limita a controlar síntomas sin abordar suficientemente sus causas.

Y aquí existe un problema estructural. Una Atención Primaria sometida a elevada presión asistencial dispone de un tiempo limitado para atender problemas complejos. Si además los recursos de psicología y salud mental son insuficientes, el tratamiento farmacológico puede convertirse en la respuesta más accesible y rápida. No necesariamente porque sea la mejor respuesta. Sino porque es la respuesta que el sistema puede proporcionar con mayor facilidad.

La medicalización puede ser así el resultado no solo de una decisión individual, sino de una interacción entre demanda social, cultura sanitaria, disponibilidad de recursos y organización del sistema. La literatura sobre medicalización de la salud mental ha advertido precisamente de la posibilidad de que la interpretación exclusivamente biomédica individualice experiencias que tienen también determinantes sociales, desviando la atención de las condiciones que generan sufrimiento.

Por ello, la solución no consiste simplemente en decir a los médicos que «diagnostiquen menos». Necesitamos sistemas capaces de valorar mejor.

6. La paradoja de la prevención: cuando proteger puede convertir en paciente

La prevención constituye uno de los mayores logros de la medicina moderna. Pero prevenir no significa diagnosticar indiscriminadamente. La prevención debe actuar sobre los riesgos y reducir la probabilidad de enfermedad sin transformar a las personas sanas en pacientes. Existe una paradoja cuando el exceso de intervención sobre riesgos convierte la posibilidad de enfermar en una identidad de enfermedad.

En salud mental esto adquiere una importancia especial. La ansiedad ocasional puede formar parte de una respuesta normal. El estrés ante una situación extraordinaria puede ser adaptativo. La tristeza ante una pérdida puede ser esperable. La preocupación ante una incertidumbre puede ser razonable. El objetivo no debería ser eliminar cualquier emoción desagradable.

La salud mental no consiste en estar permanentemente feliz. Consiste también en disponer de recursos para afrontar la adversidad.

7. Banalización de la enfermedad mental

Existe, además, una segunda cara del problema, mientras se amplía el territorio de la patología, existe simultáneamente una cierta banalización de la propia enfermedad mental, las redes sociales y los medios de comunicación han permitido que millones de personas compartan públicamente sus experiencias, hablar de salud mental es positivo, normalizar la conversación sobre el sufrimiento psicológico también, pero una experiencia personal no constituye por sí misma un diagnóstico, sentirse ansioso no equivale necesariamente a padecer un trastorno de ansiedad, sentirse triste no equivale necesariamente a padecer depresión, tener dificultades para concentrarse no permite por sí solo establecer un diagnóstico.

El testimonio personal tiene valor como experiencia humana, pero no sustituye la valoración clínica. La divulgación debe ayudar a comprender mejor la enfermedad mental, no convertir cualquier experiencia emocional en una etiqueta diagnóstica.

Por eso debemos defender simultáneamente dos principios:

  • hay que normalizar hablar de salud mental;
  • hay que evitar normalizar la enfermedad mental como explicación de cualquier malestar.

8. Una sociedad exigente entra en el mundo del trabajo

Las transformaciones sociales también se trasladan al trabajo, la sociedad de la prisa se convierte en la organización de la urgencia, la hiperconectividad se convierte en disponibilidad permanente, la búsqueda de rendimiento se transforma en presión por productividad, la incertidumbre social se transforma en inseguridad laboral, la comparación social puede trasladarse a la competencia profesional, y la exigencia de éxito puede convertirse en una exigencia de rendimiento permanente, pero el trabajo no es únicamente una fuente de riesgo, es importante señalarlo.

La OMS recuerda que el trabajo decente puede ser un factor protector de la salud mental porque proporciona ingresos, estructura, propósito, relaciones sociales, confianza y sentido de pertenencia.

Por tanto, la relación entre trabajo y salud mental no puede formularse como:

trabajo = enfermedad.

La formulación correcta sería:

el trabajo puede ser protector o perjudicial dependiendo de sus condiciones.

Las cargas excesivas, los ritmos elevados, la falta de control, la inseguridad laboral, los horarios prolongados, el escaso apoyo, la violencia, el acoso, la discriminación y los conflictos entre vida laboral y personal constituyen riesgos psicosociales reconocidos.

La cuestión es determinar cuándo estos factores generan malestar, cuándo producen una enfermedad y cuándo esa enfermedad determina una limitación funcional incompatible temporalmente con el trabajo.

9. Cuando el problema está en el trabajo y lo tratamos en la persona

Esta es probablemente una de las mayores dificultades actuales, un trabajador puede presentar síntomas psicológicos porque está sometido a una carga excesiva, puede dormir mal porque trabaja con horarios impredecibles, puede sentirse angustiado porque existe inseguridad laboral, puede presentar agotamiento porque las demandas son superiores a los recursos disponibles, puede experimentar sufrimiento ante un conflicto laboral, pero el problema está en el trabajo y lo tratamos en la persona.

La pregunta clínica no debería ser únicamente: ¿Qué le ocurre al trabajador?

También debemos preguntar: ¿Qué está ocurriendo en su trabajo?

Si solo tratamos al individuo, podemos convertir un problema organizativo en un problema individual, el trabajador recibe tratamiento, la organización permanece igual, el síntoma puede mejorar temporalmente, pero la causa continúa.

La OMS recomienda precisamente que la prevención de los problemas de salud mental relacionados con el trabajo incluya intervenciones organizativas dirigidas a modificar, reducir o eliminar los riesgos existentes en el entorno laboral.

Esta perspectiva resulta esencial. No todo problema de salud mental relacionado con el trabajo se resuelve tratando al trabajador. A veces hay que tratar el trabajo.

10. Los datos de incapacidad temporal: una señal que exige interpretación

El crecimiento de las bajas por salud mental constituye uno de los fenómenos más relevantes de la incapacidad temporal contemporánea.

En España se registraron 671.618 situaciones de incapacidad temporal por trastornos mentales y del comportamiento en 2024, frente a 283.999 en 2016. El incremento acumulado fue del 136 %. Además, la duración media de estos procesos fue en 2023 aproximadamente 2,5 veces superior a la duración media de las bajas por el conjunto de diagnósticos, y el incremento no para en 2025 hubo 714.956 procesos de baja

Estos datos son importantes. Pero deben interpretarse con prudencia. El aumento de la incapacidad temporal por trastornos mentales no demuestra por sí mismo un aumento equivalente de la enfermedad mental.

Las cifras de IT reflejan muchas cosas simultáneamente:

  • enfermedad;
  • reconocimiento diagnóstico;
  • utilización del sistema sanitario;
  • cambios culturales;
  • menor estigmatización;
  • condiciones de trabajo;
  • organización de los servicios;
  • duración de los procesos;
  • capacidad de seguimiento;
  • dificultades de retorno al trabajo;
  • y posiblemente también fenómenos de medicalización.

Por eso, el dato no debe utilizarse para afirmar que «la sociedad está cada vez más enferma».

La afirmación más rigurosa es otra:

La salud mental ocupa un espacio creciente en la incapacidad temporal y este fenómeno necesita ser explicado.

La cifra es una señal, pero no es por sí misma la explicación.

11. Malestar, trastorno e incapacidad: tres conceptos que no podemos confundir

Aquí se encuentra probablemente el núcleo de la valoración médico-laboral.

  • Malestar no es sinónimo de enfermedad.
  • Enfermedad no es sinónimo de incapacidad.
  • Incapacidad no es sinónimo de diagnóstico.

Una persona puede experimentar malestar y mantener plenamente su capacidad laboral.

Una persona puede tener un diagnóstico psiquiátrico y continuar trabajando.

Una persona puede presentar una enfermedad mental que, dependiendo de sus características y de las exigencias de su puesto, determine una incapacidad temporal.

Por ello, el diagnóstico es solo uno de los elementos de la valoración.

En incapacidad laboral necesitamos conocer:

  • qué enfermedad existe;
  • qué síntomas presenta;
  • qué limitaciones funcionales genera;
  • qué evolución cabe esperar;
  • qué tareas exige realmente el puesto;
  • y cómo interactúan las limitaciones de la persona con esas exigencias.

La OMS reconoce que los problemas de salud mental pueden afectar a la capacidad para trabajar, pero también plantea medidas de apoyo, adaptación y retorno al trabajo y esto resulta esencial. La finalidad no puede ser simplemente certificar una ausencia, debe ser también favorecer la recuperación y, cuando sea posible, el retorno.

12. De la sociedad poco saludable a la incapacidad temporal

Llegamos así al modelo que puede resumir todo el planteamiento:

SOCIEDAD POCO SALUDABLE
↓
FORMAS DE VIDA POCO SALUDABLES
↓
TRABAJO Y ORGANIZACIONES POCO SALUDABLES
↓
MALESTAR / SUFRIMIENTO / RIESGO PSICOSOCIAL
↓
INTERPRETACIÓN DEL MALESTAR
↓
MEDICALIZACIÓN / PSIQUIATRIZACIÓN
↓
DIAGNÓSTICO Y TRATAMIENTO
↓
INCAPACIDAD TEMPORAL

Pero este esquema no debe interpretarse como una explicación universal, en muchos casos existe una enfermedad mental auténtica que justifica plenamente una incapacidad, en otros, existe una enfermedad relacionada o agravada por condiciones laborales, en otros, el problema principal puede ser un contexto social o laboral adverso, y en algunos casos puede existir una respuesta sanitaria excesivamente medicalizada.

La realidad es heterogénea. Precisamente por ello necesitamos mejor capacidad diagnóstica y mejor valoración funcional, no menos medicina.

13. La paradoja de la incapacidad: retirar al trabajador sin transformar el contexto

La incapacidad temporal puede ser necesaria. Permite recuperarse, recibir tratamiento y evitar que una persona continúe trabajando cuando su estado clínico lo impide. Pero la IT también puede presentar riesgos si se prolonga sin una estrategia de recuperación.

Una ausencia prolongada puede generar pérdida de rutinas, desconexión del entorno laboral, temor al retorno, inseguridad y pérdida progresiva de confianza en la propia capacidad.

Por eso, la baja no debería convertirse en una situación pasiva. La recuperación debe incorporar, cuando sea posible, una estrategia de retorno.

La OMS incluye expresamente el retorno al trabajo dentro de sus recomendaciones para la salud mental laboral.

La pregunta no debería ser únicamente: ¿Cuándo está curado?

También:

¿Qué puede hacer actualmente?

¿Qué necesita para volver?

¿Puede realizar determinadas tareas?

¿Es posible una adaptación?

¿Qué condiciones facilitarían su reincorporación?

Esta mirada funcional permite salir de una concepción puramente diagnóstica de la incapacidad.

14. Desmedicalizar no significa desatender

Existe un riesgo en el debate sobre la medicalización, y es que se interprete como una crítica a la atención de la salud mental, y no es así.

Desmedicalizar no significa desatender. Significa atender mejor.

Significa reservar la intervención médica para aquello que necesita intervención médica, significa facilitar psicoterapia cuando el problema requiere psicoterapia, significa intervenir sobre las condiciones laborales cuando el problema está en el trabajo, significa actuar socialmente cuando el problema es social, significa acompañar cuando lo que necesita una persona es acompañamiento y significa tratar intensivamente cuando existe una enfermedad mental que requiere tratamiento. No se trata de reducir la salud mental, se trata de hacer más rigurosa su comprensión.

15. Hacia una nueva cultura de salud mental

Necesitamos una nueva cultura de salud mental, que permita hablar del sufrimiento sin estigmatizar, que facilite pedir ayuda. Pero también una cultura que no convierta cualquier sufrimiento en enfermedad. Necesitamos mejorar la educación sanitaria para que las personas comprendan que determinadas emociones forman parte de la vida, profesionales con tiempo suficiente para valorar, reforzar los recursos psicológicos y psicoterapéuticos, una Atención Primaria capaz de realizar una primera valoración adecuada, servicios de salud mental accesibles cuando exista enfermedad, y fortalecer la prevención de riesgos psicosociales en las empresas.

La OMS recomienda precisamente una combinación de intervenciones organizativas, formación de responsables y trabajadores, intervenciones individuales, apoyo a las personas con trastornos mentales y medidas de retorno al trabajo.

No existe una única respuesta. La salud mental requiere una respuesta multidimensional.

16. Una nueva mirada sobre la incapacidad temporal

En el ámbito de la incapacidad temporal necesitamos avanzar hacia una valoración que no quede atrapada en el diagnóstico.

«La pregunta fundamental no es solo «¿qué diagnóstico tiene?», sino «¿qué capacidad conserva?» y «¿qué relación existe entre sus limitaciones y las exigencias concretas de su trabajo?» Esta perspectiva obliga a recuperar la dimensión funcional y laboral de la medicina evaluadora.

La enfermedad pertenece al ámbito clínico. La capacidad pertenece a la interacción entre persona y actividad. La incapacidad laboral surge cuando esa interacción determina una imposibilidad temporal para realizar el trabajo habitual en las condiciones existentes.

Esta distinción permite también evitar dos errores contrapuestos.

  • El primero es medicalizar el malestar y convertirlo automáticamente en incapacidad.
  • El segundo es minimizar la enfermedad real porque se considera que el problema pertenece simplemente al ámbito de la vida o del trabajo.

Ambos errores perjudican, al trabajador enfermo, porque puede quedar sin atención, al trabajador que atraviesa un malestar adaptativo, porque puede quedar atrapado en una identidad de enfermo, y al propio sistema, porque utiliza recursos sanitarios para resolver problemas que en ocasiones requieren otras respuestas.

17. La respuesta no puede ser exclusivamente sanitaria

Si una parte del problema se encuentra en la forma en que vivimos y trabajamos, la solución tampoco puede descansar exclusivamente en el sistema sanitario. Una sociedad poco saludable no puede resolverse únicamente aumentando las consultas de salud mental. Un trabajo poco saludable no puede resolverse únicamente aumentando la prescripción de psicofármacos. Una organización disfuncional no puede solucionarse enviando a sus trabajadores al psicólogo. Y una situación de sobrecarga no se corrige simplemente enseñando al trabajador técnicas para tolerar mejor la sobrecarga.

La prevención debe mirar hacia arriba, hacia la organización, hacia la carga de trabajo, hacia la autonomía en el trabajo, hacia los horarios, hacia la conciliación, hacia el liderazgo, hacia el reconocimiento, hacia la seguridad laboral, hacia las relaciones, hacia el sentido del trabajo.

La OMS insiste en que las intervenciones organizativas deben actuar directamente sobre las condiciones y los entornos de trabajo, no limitarse a intervenir sobre el individuo.

Este principio debería ocupar un lugar central en las políticas de salud mental laboral.

18. Conclusiones: no convertir la vida en una enfermedad

La psiquiatrización de la vida cotidiana y la medicalización de la normalidad constituyen uno de los grandes retos silenciosos de nuestro tiempo. No porque la salud mental sea menos importante. Precisamente porque es demasiado importante para permitir que su significado se diluya.

Necesitamos reconocer la enfermedad mental, pero también necesitamos reconocer la normalidad, y tratar a quien está enfermo.

Pero no convertir automáticamente en enfermo a quien está sufriendo.

Necesitamos prevenir los riesgos psicosociales, pero no transformar todos los riesgos en diagnósticos. Necesitamos proteger al trabajador, pero tampoco utilizar la incapacidad temporal como respuesta automática ante cualquier dificultad laboral.

La clave está en diferenciar.

  • Malestar no es trastorno.
  • Trastorno no es incapacidad.
  • Incapacidad no es simplemente diagnóstico.

Y, sobre todo: no todo problema humano es un problema médico.

Vivimos en una sociedad de la prisa, la hiperconexión, la incertidumbre, la comparación y la exigencia permanente. Una sociedad que ofrece enormes posibilidades, pero que también puede generar formas de vida poco saludables. El trabajo participa de esta realidad. Puede ser un factor de protección, de identidad, de estructura y de inclusión. Pero puede convertirse también en una fuente de riesgo cuando sus condiciones son inadecuadas.

Por eso, cuando aumentan las bajas por salud mental, no deberíamos conformarnos con preguntar cuántas enfermedades mentales existen.

Deberíamos preguntarnos también:

  • ¿Qué está ocurriendo en nuestra sociedad?
  • ¿Qué está ocurriendo en nuestros trabajos?
  • ¿Qué está ocurriendo en nuestro sistema sanitario?
  • ¿Cómo estamos interpretando el sufrimiento?
  • ¿Estamos diferenciando adecuadamente enfermedad, malestar y capacidad?

Y finalmente:

  • ¿Estamos tratando al enfermo o estamos tratando, a veces, las consecuencias de una sociedad y de unas organizaciones poco saludables?

No se trata de negar el sufrimiento, se trata de cuestionar la necesidad de tratamiento.

No se trata de reducir la importancia de la salud mental, se trata de algo más exigente: aprender a distinguir cuándo una persona necesita tratamiento, cuándo necesita prevención, cuándo necesita psicoterapia, cuándo necesita que cambien sus condiciones de trabajo, cuándo necesita una incapacidad temporal y cuándo necesita, simplemente, tiempo para afrontar una circunstancia difícil de la vida.

La medicina debe estar donde existe enfermedad. La prevención, donde existe riesgo. La psicología, donde existe sufrimiento susceptible de intervención. La organización, cuando el problema está en el trabajo. Y la sociedad, cuando el problema pertenece a la forma en que estamos construyendo nuestra manera de vivir.

Porque quizá el gran reto de la salud mental contemporánea no sea solamente evitar que las personas enfermen sino también evitar que convirtamos la vida en una enfermedad.

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