En el blog de Alfredo Calcedo se ha publicado un artículo sobre la psicología de las confesiones falsas a través de la obra del psicólogo islandés Gísli Guðjónsson. Durante siglos, la confesión se consideró la prueba por excelencia, porque se daba por hecho que un inocente no admite un delito grave que no ha cometido. Las exoneraciones por ADN en Estados Unidos desmintieron esa idea: cerca de un tercio de esos inocentes habían confesado.
Guðjónsson, que antes de dedicarse a la psicología fue detective en Reikiavik, desarrolló su carrera en el Reino Unido, en el Maudsley, Broadmoor y el King’s College de Londres. Demostró que personas sin trastorno mental grave pueden confesar falsamente cuando ciertas fragilidades personales coinciden con la presión de un interrogatorio. Adoptó y desarrolló la clasificación de Kassin y Wrightsman en confesiones voluntarias, complacientes por presión e internalizadas por presión. En las complacientes, el sujeto sabe que es inocente pero cede para acabar con el interrogatorio. En las internalizadas, llega a creer que cometió el delito. También describió el «síndrome de desconfianza en la memoria», en el que el sospechoso deja de fiarse de sus recuerdos y acepta el relato policial. Calcedo aclara que es un constructo clínico descriptivo y no un diagnóstico reconocido.
Su gran aportación fue hacer medible la vulnerabilidad. Creó las Escalas de Sugestionabilidad, que miden cuánto cede alguien ante preguntas capciosas y ante la presión, y la Escala de Cumplimiento, que mide la tendencia a obedecer para evitar conflictos. El autor recoge también sus límites: estas pruebas no reproducen un interrogatorio real y su relación con las confesiones falsas es solo moderada.
El artículo recorre después los casos en los que intervino o que marcaron su trabajo: Confait, los Cuatro de Guildford, los Seis de Birmingham, los Tres de Tottenham, los Tres de Cardiff, el caso Stagg y el caso islandés de Guðmundur y Geirfinnur. Calcedo corrige varias versiones muy difundidas. Muchas anulaciones se debieron sobre todo a la manipulación policial de pruebas, no solo a la psicología. Destaca, en cambio, la sentencia de Tottenham de 1991, que admitió el peritaje psicológico aunque el acusado no tuviera una enfermedad mental diagnosticada.
En cuanto a las reformas, el autor precisa que la ley británica PACE de 1984 surgió del caso Confait, no de Guildford ni de Birmingham. Esa ley introdujo la asistencia letrada, el adulto apropiado para detenidos vulnerables y la grabación de los interrogatorios. Después llegó el modelo PEACE de entrevista, que busca información en lugar de una confesión y que, según la evidencia, reduce las confesiones falsas sin perder eficacia.
Calcedo concluye que Guðjónsson convirtió una intuición clínica en ciencia medible y cambió la doctrina judicial. Aun así, la confesión sigue pesando demasiado ante los jurados, por lo que el problema no está resuelto, sino por fin bien planteado.

